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Cómo Polonia resultó vital para el esfuerzo bélico de los aliados en la Segunda Guerra Mundial


El 1 de septiembre de 1939, 62 divisiones alemanas cruzaron la frontera polaca. Más de 1.000 aviones llevaron a cabo bombardeos en la capital polaca y destruyeron la mayor parte de la Fuerza Aérea Polaca en tierra.

Dos semanas después, el Ejército Rojo invadió desde el este.

Varsovia se rindió el 27 de septiembre tras 18 días de continuos ataques aéreos. En octubre, el país estaba bajo control alemán y soviético.

La batalla por Polonia terminó en cuestión de semanas. Sin embargo, muchos polacos continuaron luchando contra los nazis hasta el último día de la guerra.

Los pilotos polacos sobresalieron durante la Batalla de Gran Bretaña

En el verano de 1940, Gran Bretaña luchó por sobrevivir contra la maquinaria de guerra de Hitler; el resultado definiría el curso de la Segunda Guerra Mundial. Se la conoce simplemente como La Batalla de Gran Bretaña.

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A raíz de la invasión alemana de Polonia, decenas de miles de militares polacos escaparon de la ocupación y viajaron al oeste a Francia y Gran Bretaña. Las habilidades de los aviadores polacos inicialmente fueron poco consideradas por sus naciones adoptivas, pero en el verano de 1940, demostraron ser un activo vital para el Comando de Combate de Gran Bretaña.

Los pilotos polacos en Gran Bretaña se encontraron entrenando en aviones desconocidos, practicando tácticas desconocidas y comunicándose en francés con sus homólogos ingleses. Pero su habilidad en el aire brilló y su afán por volver a la pelea se ganó la admiración de sus colegas.

Además de servir en los escuadrones de la RAF existentes, después de agosto de 1940, los pilotos polacos también sirvieron en dos Escuadrones de Cazas Polacos, designados 302 y 303. Este último registró más muertes que cualquier otro escuadrón en la Batalla de Gran Bretaña, con una cifra asombrosa de 126 Mientras tanto, nueve de sus pilotos se convirtieron en "ases", lo que significa que habían logrado cinco o más muertes.

Los pilotos polacos sirvieron junto a sus homólogos aliados durante la guerra.

Los pilotos del Escuadrón 303.

Los descifradores de códigos polacos contribuyeron a romper Enigma

Cinco semanas antes de la invasión alemana de Polonia, dos oficiales de inteligencia británicos, Alastair Denniston y Dilly Knox, se reunieron con criptógrafos polacos en Varsovia. Los polacos entregaron a los británicos dos réplicas de máquinas Enigma y una gran cantidad de documentación que cubría su trabajo de descifrado en el cifrado desde 1932.

La máquina Enigma fue inventada por el ingeniero alemán Arthur Sherbius a principios de la década de 1920. A principios de la década de 1930, el ejército y la marina alemanes habían desarrollado sus propias versiones de la máquina y las usaban para comunicar mensajes cifrados.

En 1932, alarmado por la creciente militancia de Alemania, la inteligencia polaca reunió un equipo para descifrar el código. La clave del éxito del equipo polaco fue la aplicación de métodos de descifrado matemáticos en lugar de meramente lingüísticos. Entre los miembros clave del equipo se encontraban los matemáticos Marian Rejewski, Jerzy Rozycki y Henryk Zegalski.

El equipo polaco discernió rápidamente los secretos de las máquinas militares Enigma especialmente adaptadas. En 1938, Rejewski desarrolló una máquina especialmente diseñada conocida como bomba para buscar soluciones y en 1938 los polacos estaban leyendo con éxito el 75 por ciento de las comunicaciones alemanas interceptadas.

Coloso en Bletchley Park.

Sus logros pusieron a los polacos por delante de los británicos, que habían luchado por progresar con Enigma. Pero en 1938, cuando se acercaba la guerra, los alemanes agregaron dos rotores adicionales a la configuración del Enigma, aumentando enormemente el número de posibles soluciones y bloqueando a los polacos.

Fue en ese momento que la inteligencia polaca decidió compartir sus hallazgos con los franceses y británicos. Al hacerlo, sentó las bases para el trabajo de Bletchley Park, que finalmente cambiaría el curso de la Segunda Guerra Mundial.

Las fuerzas polacas se ganaron una feroz reputación en el desierto

A finales de 1939, decenas de miles de polacos fueron evacuados de Rumanía, donde habían sido internados, a la Siria controlada por los franceses. La mayoría optó por continuar su viaje a Francia, pero varios miles optaron por permanecer en Siria y formaron la Brigada Polaca Independiente de Fusileros de los Cárpatos, o SBSK. Tras la caída de Francia, la SBSK desafió a las autoridades francesas de Vichy y marchó hacia la Palestina controlada por los británicos.

En 1941, la SBSK fue enviada a Libia, donde formó parte de la fuerza que se dirigía a Tobruk para relevar a la 9ª División australiana sitiada.

Los australianos estaban intrigados por los polacos. Su entusiasmo y hambre de batalla resultó particularmente sorprendente. Pero cuando los australianos escucharon lo que sus camaradas polacos habían presenciado en su país de origen, comprendieron por qué estaban tan ansiosos ante la perspectiva de la batalla.

La resistencia polaca ayudó a recuperar un cohete sin detonar que se encontró en un pantano cerca de Sarnaki.

Habiendo cargado con éxito el cohete a bordo, la tripulación del Dakota se angustió al descubrir que el peso extra había provocado que las ruedas del avión se hundieran en el suelo embarrado. Los agentes del AK, con la ayuda de los aldeanos locales, sacaron las ruedas del barro con sus propias manos.

Con las horas previas al amanecer transcurriendo, se colocaron bueyes en el avión para sacarlo del lodo. Finalmente, sin más tiempo de sobra y todos implicados habiendo corrido el riesgo de captura y muerte segura, la aeronave despegó.

Cuando llegó a Londres, la carga del Dakota mostró componentes, diagramas y fotografías que documentaban el cohete alemán V2. Esta inteligencia crucial se pasó al Comité Ballesta, la organización responsable de las operaciones contra las armas de largo alcance de Alemania, y proporcionó detalles clave para una defensa contra las armas V.

El gobierno polaco exiliado informó a los aliados sobre los asesinatos en masa en Polonia

Después de la caída de Polonia, el gobierno polaco en el exilio se basó primero en Francia y luego en Gran Bretaña. Además de trabajar con el movimiento de resistencia polaco para llevar a cabo operaciones contra las fuerzas de ocupación alemanas en Polonia, el gobierno en el exilio también jugó un papel importante en la difusión de informes del movimiento clandestino polaco sobre asesinatos en masa y campos de concentración.

Ya en mayo de 1941, el gobierno en el exilio informó a los gobiernos aliados sobre las deportaciones masivas a Auschwitz y las atrocidades cometidas contra los judíos en los primeros 15 meses de la ocupación.

En esta entrevista exclusiva con Miroslaw Obstarczyk, curadora de Auschwitz, escuchamos sobre los horrores del campo y la valentía de las personas que murieron allí.

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En diciembre de 1942, el canciller Edward Raczynski hizo la primera denuncia gubernamental oficial del exterminio masivo de judíos. En junio de 1944, los despachos de Polonia informaban sobre la deportación masiva de judíos checos y las cámaras de gas de Auschwitz.

A pesar de un esfuerzo concertado para alentar a los aliados a actuar en base a la información proveniente de Polonia, el gobierno en el exilio no pudo impulsar la intervención internacional.

La 1a División Blindada polaca selló la victoria en Normandía

La acción concluyente de la campaña de Normandía se produjo en agosto de 1944, cuando el comandante aliado, el mariscal de campo Bernard Montgomery, ordenó el envolvente del Grupo de Ejércitos B alemán dentro de lo que se conocería como el "bolsillo de Falaise".

Con las fuerzas británicas y canadienses arrasando hacia el norte, y los estadounidenses desde el sur, unos 100.000 soldados alemanes se enfrentaron a un cerco. Para el 19 de agosto, su única ruta de escape era una brecha de tres kilómetros de ancho.

El monumento polaco en Hill 262, que presenta un Sherman M4 que lleva el nombre del general Maczek.

La 1ª División Blindada polaca llegó a Normandía a principios de agosto y se incorporó al ejército canadiense. El 19 de agosto, bajo el mando del general Stanislaw Maczek, los polacos capturaron la colina 262 en la cresta del monte Ormel, con vistas a la ruta de escape alemana.

Sin refuerzos y sin municiones, 1.500 polacos mantuvieron esta posición durante dos días y dos noches, incluso frente a los feroces asaltos alemanes. Finalmente, el 21 de agosto, fueron reforzados por los canadienses y se cerró la bolsa, sellando en su interior a 60.000 soldados alemanes.

Referenciado:

Koskodan, Kenneth 2009 No Greater Ally: La historia no contada de las fuerzas de Polonia en la Segunda Guerra Mundial Londres: águila pescadora


Mientras Estados Unidos se revolcaba en la neutralidad y el aislacionismo, en Europa y Asia estaban ocurriendo eventos que estaban causando una tensión creciente en todas las regiones. Estos eventos incluyeron:

  • El totalitarismo como forma de gobierno en la URSS (Joseph Stalin), Italia (Benito Mussolini), Alemania (Adolf Hitler) y España (Francisco Franco)
  • Un movimiento hacia el fascismo en Japón
  • La creación de Manchukuo, el gobierno títere de Japón en Manchuria, iniciando la guerra en China
  • La conquista de Etiopía por Mussolini
  • Revolución en España dirigida por Francisco Franco
  • La continua expansión de Alemania, incluida la toma de Renania
  • La Gran Depresión mundial
  • Aliados de la Primera Guerra Mundial con grandes deudas, muchas de las cuales no las estaban pagando

Estados Unidos aprobó las Leyes de Neutralidad en 1935-1937, que crearon un embargo sobre todos los envíos de artículos de guerra. A los ciudadanos estadounidenses no se les permitió viajar en barcos "beligerantes", y no se permitieron préstamos a los beligerantes en los Estados Unidos.


Segunda Guerra Mundial y cultura popular

La Segunda Guerra Mundial tocó prácticamente todos los aspectos de la vida estadounidense, incluso cosas tan simples como la comida que comía la gente, las películas que veían y la música que escuchaban.

Imagen principal: (Imagen: Departamento de Defensa de EE. UU.)

La Segunda Guerra Mundial tocó prácticamente todos los aspectos de la vida estadounidense, incluso cosas tan simples como la comida que comía la gente, las películas que veían y la música que escuchaban. La guerra, especialmente el esfuerzo de los aliados por ganarla, fue tema de canciones, películas, cómics, novelas, obras de arte, rutinas de comedia, todas las formas imaginables de entretenimiento y cultura. Además, en muchos casos estas obras y sus creadores fueron en realidad parte del esfuerzo bélico. Escritores, ilustradores, caricaturistas, cineastas y otros artistas utilizaron sus habilidades para mantener al público informado sobre la guerra y persuadir a la gente a cooperar con los programas del Frente Nacional del gobierno, como campañas de recolección de residuos y racionamiento. En resumen, la Segunda Guerra Mundial y la cultura popular de esa época están interconectadas, la historia de una no puede contarse completamente sin la historia de la otra.

Cartel publicitario de las Confesiones de un espía nazi de Warner Brothers, 1939.
(Imagen: cortesía de Warner Brothers, Inc.)

La perspectiva de otra guerra mundial comenzó a infiltrarse en la imaginación estadounidense incluso antes del ataque a Pearl Harbor. Los autores John Steinbeck y Ernest Hemingway y el dramaturgo Maxwell Anderson escribieron representaciones ficticias de la Europa devastada por la guerra, mientras que Hollywood produjo películas sobre viajes arriesgados a través del Atlántico infestado de submarinos, intentos audaces de rescatar a seres queridos de los campos de concentración nazis y redes de espías nefastos que acechan a la derecha. bajo las narices de Estados Unidos. Estas historias reflejan la creciente ansiedad en Estados Unidos por la guerra y cómo podría afectar sus vidas. En 1939, por ejemplo, Warner Brothers lanzó la película Confesiones de un espía nazi basada en investigaciones reales del FBI sobre el espionaje alemán en los Estados Unidos. A algunas personas les preocupaba que la película fuera demasiado política y se arriesgaba a dañar a los frágiles. neutralidad de los Estados Unidos en Europa. Otros elogiaron la película como patriótica porque ayudó a alertar a los estadounidenses sobre lo que se consideraba un peligro muy real. "Siento que estoy sirviendo a mi país", dijo el actor principal Edward G. Robinson a un entrevistador después del estreno de la película. "Los peligros del nazismo deben eliminarse para siempre".

Después de Pearl Harbor, los temas de guerra explotaron en prácticamente todos los medios artísticos y formas de entretenimiento. Películas como Saboteador, Sáhara, y Casablanca capturó el drama de la guerra que enfrentan los militares y los civiles por igual. Las letras de las canciones a menudo se referían al conflicto, destacando los altibajos tanto del campo de batalla como del Frente Nacional. Algunas canciones eran alegres, ingeniosas y divertidas para bailar, como “Boogie Woogie Bugle Boy of Company B” de las Andrews Sisters. Otros, como "Los acantilados blancos de Dover" de Walter Kent y Nat Burton, fueron más lentos y solemnes, y tocaron tanto la seriedad de la guerra como la esperanza de que la paz regresara pronto. Incluso las tiras cómicas de los periódicos recogieron elementos de la guerra en sus tramas. Los personajes favoritos desde hace mucho tiempo como Superman, Dick Tracy, Little Orphan Annie y Mickey Mouse se ocuparon de varios aspectos del esfuerzo bélico, desde levantar jardines de la victoria hasta lidiar con racionamiento a luchar contra las potencias del Eje en el frente. Algunos cómics como Willie y Joe de Bill Mauldin se crearon específicamente debido a la guerra y ofrecieron a los lectores una visión única de la vida cotidiana de los soldados estadounidenses.

Para muchos escritores, actores y artistas de la guerra, estas contribuciones no fueron suficientes. Una cosa era producir material sobre la guerra, pero muchos de ellos también querían usar sus habilidades para ayudar a los Aliados a ganar. Poco después de Pearl Harbor, varias organizaciones surgieron voluntariamente para ayudar a la industria del entretenimiento a hacer exactamente eso. El Comité de Actividades de Guerra de Hollywood, por ejemplo, ayudó a allanar el camino para la cooperación entre el gobierno federal, los principales estudios de cine y miles de teatros en todo Estados Unidos. El Comité de la Victoria de Hollywood organizó apariciones de personalidades del escenario, la pantalla, la televisión y la radio en eventos que promovían la venta de bonos de guerra, la recolección de chatarra y el reclutamiento militar, además de espectáculos para elevar la moral de las tropas. Al final de la guerra, la organización había organizado 7.700 eventos con 4.147 estrellas, 38 cortometrajes y 390 retransmisiones para la ayuda de guerra y la caridad. Los escritores y editores también se unieron a la acción al formar el Consejo de Libros en Tiempo de Guerra. La organización promovió libros que serían útiles como “armas en la guerra de ideas” y organizó la venta de libros adecuados a bibliotecas y fuerzas armadas. En 1943, el Consejo lanzó su línea Armed Services Edition de reimpresiones de libros populares y finalmente vendió más de 122 millones de copias a los militares a un costo promedio de aproximadamente seis centavos cada una.

Las actrices Marlene Dietrich y Rita Hayworth sirven comida a los soldados en la cantina de Hollywood en Hollywood, California.
(Imagen: Biblioteca del Congreso, LC-USZ62-113250.)

La administración del presidente Franklin Delano Roosevelt reconoció la poderosa influencia de la industria del entretenimiento desde el principio y buscó formas de aprovechar esa energía para alentar el apoyo público al esfuerzo bélico. La Oficina de Información de Guerra (OWI) fue el árbitro principal de esta relación. OWI trabajó con estudios de cine, guionistas, estaciones de radio, periódicos, caricaturistas y artistas en todo Estados Unidos para producir películas, carteles, canciones y transmisiones de radio instando a los estadounidenses de todos los días a cooperar con los programas y restricciones del gobierno en tiempos de guerra. Aunque gran parte de este trabajo fue esencialmente propaganda, algunos de ellos se hicieron muy populares. En 1942, por ejemplo, el Departamento de Guerra pidió a la Junta de Guerra de Escritores que elaborara material para ayudar a reclutar voluntarios para las Fuerzas Aéreas del Ejército más allá de los simples pilotos. Los artistas creativos de la Junta respondieron con 52 artículos de no ficción, 12 historias de ficción, una novela e incluso una canción llamada "I Wanna Marry a Bombardier". El aumento resultante de reclutas de bombarderos fue tan grande que el Departamento de Guerra finalmente tuvo que pedir a la Junta de Guerra de Escritores que suspendiera su campaña.


Mujeres en las Fuerzas Armadas en la Segunda Guerra Mundial

Además del trabajo en la fábrica y otros trabajos domésticos, aproximadamente 350.000 mujeres se unieron a las Fuerzas Armadas, sirviendo en el país y en el extranjero. A instancias de la Primera Dama Eleanor Roosevelt y los grupos de mujeres & # x2019s, e impresionado por el uso británico de mujeres en el servicio, el general George Marshall apoyó la idea de introducir una rama de servicio de mujeres & # x2019 en el Ejército. En mayo de 1942, el Congreso instituyó el Cuerpo de Ejército Auxiliar de Mujeres, que luego pasó a ser Cuerpo de Ejército de Mujeres, que tenía un estatus militar completo. Sus miembros, conocidos como WAC, trabajaron en más de 200 trabajos de no combatientes en los Estados Unidos y en todos los escenarios de la guerra. Para 1945, había más de 100,000 WAC y 6,000 mujeres oficiales. En la Armada, los miembros de Mujeres Aceptadas para el Servicio de Emergencia Voluntaria (WAVES) tenían el mismo estatus que los reservistas navales y brindaron apoyo en los Estados Unidos. La Guardia Costera y la Infantería de Marina pronto siguieron su ejemplo, aunque en menor número.

¿Sabías? El 10 de marzo de 2010, casi 70 años después de su disolución, las Mujeres Pilotos del Servicio de la Fuerza Aérea recibieron la Medalla de Oro del Congreso.


Mujeres en la Segunda Guerra Mundial

Al igual que en la Primera Guerra Mundial, las mujeres desempeñaron un papel fundamental en el éxito de este país en la Segunda Guerra Mundial. Pero, al igual que con la Primera Guerra Mundial, las mujeres al final de la Segunda Guerra Mundial descubrieron que los avances que habían logrado se redujeron considerablemente cuando los soldados regresaron de luchar en el extranjero.

Al final de la Segunda Guerra Mundial, aquellas mujeres que habían encontrado un empleo alternativo al normal para las mujeres, perdieron sus trabajos. Los soldados que regresaban tenían que encontrar trabajo y muchos querían que la sociedad volviera a la normalidad. Por lo tanto, en 1939, muchas jóvenes encontraron empleo en el servicio doméstico, 2 millones de ellas, tal como había sucedido en 1914. Los salarios todavía eran de solo 25 peniques por semana.

Cuando las mujeres encontraron empleo en la administración pública, en la docencia y en la medicina, tuvieron que irse cuando se casaron.

Sin embargo, entre las guerras, obtuvieron la igualdad de voto total con los hombres cuando en 1928 se aprobó una ley que establecía que cualquier persona mayor de 21 años podía votar, hombres y mujeres.

Una vez más, la guerra dio a las mujeres la oportunidad de demostrar lo que podían hacer.

Las madres jóvenes con niños pequeños fueron evacuadas de las ciudades consideradas en peligro. En total, 3,5 millones de niños fueron evacuados, aunque muchos fueron con un maestro. Como a los niños pequeños normalmente les enseñaban las mujeres, muchas de las que iban con los niños eran mujeres. El hecho de que se viera que las mujeres eran las personas que enseñaban a los más jóvenes era algo que había estado sucediendo durante años.

Al igual que en la Primera Guerra Mundial, se pidió a las mujeres que ayudaran en la tierra y el Ejército Terrestre de Mujeres (WLA) se reformó en julio de 1939. Su trabajo era vital ya que muchos hombres estaban siendo llamados al ejército.

En agosto de 1940, sólo se habían incorporado 7.000 mujeres, pero con la crisis provocada por los submarinos de Hitler, se inició un gran impulso a partir de esa fecha para conseguir que más mujeres trabajaran en la tierra. Incluso Churchill temía que el caos causado por los submarinos a nuestros suministros desde Estados Unidos matara de hambre a Gran Bretaña.

El gobierno trató de hacer ver que el trabajo de la WLA era glamoroso y los anuncios lo mostraban así. De hecho, el trabajo era duro y las mujeres jóvenes solían trabajar en comunidades aisladas. Muchos vivían en cabañas de trabajadores agrícolas de años de antigüedad sin agua corriente, electricidad ni gas. El invierno, en particular, podía ser duro, especialmente porque las mujeres tenían que triturar el suelo a mano, listo para la siembra. Sin embargo, muchas de las mujeres comieron bien, ya que había una gran cantidad de animales salvajes en el campo: conejos, liebres, faisán y perdices. Se les pagaba 32 chelines a la semana, alrededor de £ 1,60.

Mujeres de la WLA aserrando madera en invierno

En 1943, la escasez de mujeres en las fábricas y en la tierra llevó al gobierno a impedir que las mujeres se unieran a las fuerzas armadas. Se les dio la opción de trabajar en la tierra o en fábricas. Los que trabajaron en la tierra hicieron un trabajo muy valioso para el pueblo británico.

Muchas mujeres decidieron trabajar en una fábrica. Trabajaron en todo tipo de producción, desde la fabricación de municiones hasta uniformes y aviones. Las horas que trabajaban eran largas y algunas mujeres tuvieron que trasladarse a donde estaban las fábricas. A los que se mudaron se les pagó más.

Las mujeres calificadas podían ganar 2,15 libras esterlinas a la semana. Para ellos esto debió parecerles mucho. Pero a los hombres que hacían el mismo trabajo se les pagaba más. De hecho, no era desconocido que los hombres no calificados obtengan más dinero que las trabajadoras calificadas. Esto claramente no era aceptable y en 1943, las mujeres de la fábrica de Rolls Royce en Glasgow se declararon en huelga. Esto se consideró muy antipatriótico en tiempos de guerra y cuando las huelguistas fueron a una manifestación callejera en Glasgow, les arrojaron huevos y tomates (presumiblemente podridos y no comestibles porque el racionamiento aún estaba en vigor), pero los manifestantes pronto se detuvieron cuando encontraron Lo poco que se les pagaba a las mujeres. Las mujeres obtuvieron una victoria parcial al regresar a trabajar con el salario de un trabajador semicalificado, no al nivel de un trabajador calificado, pero mejor que antes de la huelga.

El Servicio Voluntario de la Mujer (WVS):

Durante el Blitz on London, las mujeres de las organizaciones voluntarias hicieron un trabajo muy importante. El Servicio Voluntario de la Mujer proporcionó a los bomberos té y refrescos cuando se llevó a cabo la limpieza después de un bombardeo. La WVS tenía un millón de miembros en 1943. La mayoría eran bastante mayores, ya que las mujeres más jóvenes estaban en las fábricas o trabajando en granjas y estaban demasiado cansadas para hacer trabajo adicional una vez que habían terminado su turno. La WVS también proporcionó té y refrigerios para quienes se refugiaron en el metro de Londres. Básicamente, la WVS hizo todo lo necesario. En Portsmouth, recolectaron suficiente chatarra para llenar cuatro vagones de tren …… ..en solo un mes. También cuidaron de las personas que habían perdido sus hogares por los bombardeos alemanes; el apoyo que brindaron a estas personas conmocionadas que lo habían perdido todo fue incalculable. Cuando la WVS no estaba de guardia, tejían calcetines, pasamontañas, etc. para los militares. Algunos grupos de WVS adoptaron a un marinero para que le proporcionara ropa de punto abrigada.

Una camioneta de té de WVS en un sitio de bomba

El Servicio Territorial Auxiliar:

En el ejército, los tres servicios estaban abiertos para que las mujeres se unieran: el ejército, la fuerza aérea y la marina. Las mujeres también fueron designadas como guardianas de ataques aéreos.

En el ejército, las mujeres ingresaron al Servicio Territorial Auxiliar (ATS). Como soldados, vestían un uniforme caqui. Los carteles de reclutamiento eran glamorosos, algunos fueron considerados demasiado glamorosos por Winston Churchill, y muchas jóvenes se unieron al ATS porque creían que llevarían una vida llena de glamour. Estarían decepcionados. Los miembros del ATS no obtuvieron los trabajos glamorosos: actuaron como conductores, trabajaron en comedores donde muchos tenían que pelar papas, actuaron como limpiadores y trabajaron en armas antiaéreas. Pero una orden de Winston Churchill prohibía a las mujeres ATS disparar un arma AA ya que sentía que no serían capaces de hacer frente al conocimiento de que podrían haber abatido y matado a jóvenes alemanes. Su actitud era extraña, ya que a las mujeres ATS se les permitía rastrear un avión, fusionar los proyectiles y estar allí cuando se tiraba del cordón de disparo ... En julio de 1942, el ATS tenía 217,000 mujeres en él. A medida que avanzaba la guerra, a las mujeres en el ATS se les permitió realizar trabajos más emocionantes, como convertirse en soldadores (algo inaudito en la calle 'civvie'), carpinterías, electricistas, etc.

El cartel de reclutamiento para el ATS prohibido por Churchill

La Fuerza Aérea Auxiliar de Mujeres:

Las mujeres que se unieron a la Royal Air Force estaban en la Fuerza Aérea Auxiliar de Mujeres (WAAF). Hicieron lo mismo que el ATS (cocina, trabajo de oficina, etc.) pero las oportunidades estaban allí para un trabajo un poco más emocionante. Algunos se pusieron a trabajar en Spitfires. Otros se utilizaron en las nuevas estaciones de radar utilizadas para rastrear las formaciones de bombarderos enemigos entrantes. Estos sitios de radar solían ser el primer objetivo de los bombarderos en picado de Stuka, por lo que un puesto en una de estas estaciones de radar podría ser muy peligroso. Sin embargo, las mujeres en estas unidades iban a ser los oídos y ojos de alerta temprana de la RAF durante la Batalla de Gran Bretaña. Por todo esto, a las mujeres no se les permitió entrenar para ser pilotos de aviones de guerra. Algunos eran miembros del Auxiliar de Transporte Aéreo (ATA) que volaba aviones de la RAF desde una fábrica hasta la base de un escuadrón de combate. Había 120 mujeres en esta unidad de un total de 820 pilotos. Las mujeres sufrieron menos choques que los pilotos masculinos pero no fueron bienvenidas como dejó claro el editor de la revista “Airplane”: ellas (mujeres ATA) “no tienen la inteligencia para fregar adecuadamente el piso de un hospital”. Él, C.G. Gray, afirmó que eran una "amenaza" al volar.

Las mujeres también fueron utilizadas como agentes secretos. Eran miembros del SOE (Special Operations Executive) y normalmente se lanzaban en paracaídas a la Francia ocupada o aterrizaban en aviones especiales Lysander. Su trabajo era excepcionalmente peligroso, ya que un solo desliz podía conducir a la captura, la tortura y la muerte. Su trabajo consistía en averiguar todo lo que pudieran para apoyar a los aliados en los desembarcos planeados en Normandía en junio de 1944. Las miembros femeninas más famosas de la SOE eran Violette Szabo y Odette Churchill. Ambos recibieron el premio George Cross por el trabajo que hicieron; el George Cross es el premio a la valentía más alto que puede obtener un civil. Ambos fueron capturados y torturados. Violette Szabo fue asesinada por la Gestapo mientras Odette Churchill sobrevivió a la guerra.

Las mujeres también eran extremadamente importantes en el entretenimiento. Las dos artistas femeninas más famosas durante la guerra fueron Vera Lynn (ahora Dame Vera Lynn) y Gracie Fields. El canto de Vera Lynn ("Habrá pájaros azules sobre los acantilados blancos de Dover" y "Nos volveremos a encontrar, no sé dónde, no sé cuándo") trajo una gran felicidad a muchos en Gran Bretaña. Ella era conocida como la "novia de las fuerzas". Gracie Fields era otro favorito de las fuerzas.

La guerra en Europa terminó en mayo de 1945. En ese momento había 460.000 mujeres en el ejército y más de 6,5 millones en trabajos de guerra civil. Sin su contribución, nuestro esfuerzo de guerra se habría debilitado gravemente y es probable que no hubiéramos podido luchar con nuestras mayores fuerzas sin el aporte de las mujeres. Irónicamente, en la Alemania nazi, Hitler había prohibido a las mujeres alemanas trabajar en las fábricas de armas alemanas porque sentía que el lugar de una mujer era el hogar. Su asesor industrial más importante, Albert Speer, le suplicó a Hitler que le permitiera utilizar a trabajadoras alemanas, pero hasta el final, Hitler se negó. Hitler estaba feliz de que las mujeres extranjeras capturadas trabajaran como esclavas en sus fábricas de guerra, pero no en las alemanas. Muchos de estos trabajadores esclavos, hombres y mujeres, sabotearon deliberadamente el trabajo que hacían, por lo que, a su manera, ayudaron al esfuerzo bélico de los Aliados.


Segunda Guerra Mundial, 1939-1945

El 3 de septiembre de 1939, el primer ministro Robert Gordon Menzies anunció el comienzo de la participación de Australia en la Segunda Guerra Mundial en todas las estaciones de radio nacionales y comerciales de Australia.

Casi un millón de australianos, tanto hombres como mujeres, sirvieron en la Segunda Guerra Mundial. Lucharon en campañas contra Alemania e Italia en Europa, el Mediterráneo y el norte de África, así como contra Japón en el sudeste asiático y otras partes del Pacífico. El continente australiano fue atacado directamente por primera vez, cuando aviones japoneses bombardearon ciudades en el noroeste de Australia y submarinos enanos japoneses atacaron el puerto de Sydney.

El 7 de mayo de 1945 el Alto Mando alemán autorizó la firma de una rendición incondicional en todos los frentes: la guerra en Europa había terminado. La rendición entraría en vigor a la medianoche del 8 al 9 de mayo de 1945. El 14 de agosto de 1945, Japón aceptó la demanda aliada de rendición incondicional. Para Australia significó que la Segunda Guerra Mundial finalmente había terminado.

La Marina Real Australiana (RAN) participó en operaciones contra Italia después de su entrada en la guerra en junio de 1940. Algunos australianos volaron en la Batalla de Gran Bretaña en agosto y septiembre, pero el ejército australiano no participó en combate hasta 1941, cuando el Las Divisiones 6, 7 y 9 se unieron a las operaciones aliadas en el Mediterráneo y África del Norte.

Número de Acceso: P01103.005

En el mar frente a Creta, en el Mediterráneo, el 19 de julio de 1940: el crucero italiano Bartolomeo Colleoni bajo ataque desde HMAS Sydney cerca del Cabo Spada.

Tras los primeros éxitos contra las fuerzas italianas, los australianos sufrieron una derrota con los aliados a manos de los alemanes en Grecia, Creta y África del Norte. En junio y julio de 1941, los australianos participaron en la exitosa invasión aliada de Siria, un mandato de Francia y el gobierno de Vichy. Hasta 14.000 australianos resistieron los repetidos ataques alemanes en el puerto libio de Tobruk, donde fueron sitiados entre abril y agosto de 1941. Después de ser relevados en Tobruk, las Divisiones 6 y 7 partieron del teatro mediterráneo para la guerra contra Japón. La Novena División siguió desempeñando un papel importante en la victoria aliada en El Alamein en octubre de 1942 antes de que también partiera hacia el Pacífico. A finales de 1942, los únicos australianos que quedaban en el teatro mediterráneo eran aviadores que prestaban servicio en el 3er Escuadrón, la Royal Australian Air Force (RAAF) o en la Royal Air Force (RAF).

África del Norte, 6 de enero de 1941: las tropas australianas avanzan hacia Bardia.

Japón entró en la guerra en diciembre de 1941 y rápidamente logró una serie de victorias, lo que resultó en la ocupación de la mayor parte del sudeste asiático y grandes áreas del Pacífico a fines de marzo de 1942. Singapur cayó en febrero, con la pérdida de un total de División australiana. Después del bombardeo de Darwin ese mismo mes, todos los barcos de la RAN en el teatro del Mediterráneo, así como las Divisiones 6 y 7, regresaron para defender Australia. En respuesta a la mayor amenaza, el gobierno australiano también expandió el ejército y la fuerza aérea y pidió una revisión de las políticas económicas, domésticas e industriales para otorgar al gobierno autoridad especial para montar un esfuerzo de guerra total en casa.

En marzo de 1942, después de la derrota de las Indias Orientales Neerlandesas, el avance de Japón hacia el sur comenzó a perder fuerza, aliviando los temores de una inminente invasión de Australia. Más alivio llegó cuando los primeros veteranos de las campañas del Mediterráneo de la AIF comenzaron a regresar a casa, y cuando Estados Unidos asumió la responsabilidad de la defensa del país, proporcionando refuerzos y equipo. La amenaza de invasión retrocedió aún más cuando los Aliados ganaron una serie de batallas decisivas: en el Mar de Coral, en Midway, en Imita Ridge y el Kokoda Trail, y en Milne Bay y Buna.

Milne Bay, Papua, septiembre de 1942: una posición de cañón Bofors tripulada por la batería antiaérea ligera 2/9, artillería real australiana, en el aeródromo de Gili-Gili. Al fondo, un Kittyhawk está a punto de aterrizar.

En 1943 siguieron más victorias aliadas contra los japoneses. Las tropas australianas participaron principalmente en batallas terrestres en Nueva Guinea, la derrota de los japoneses en Wau y la expulsión de los soldados japoneses de la península de Huon. Esta fue la ofensiva más grande y compleja de la guerra de Australia y no se completó hasta abril de 1944. El ejército australiano también comenzó una nueva serie de campañas en 1944 contra las guarniciones japonesas aisladas que se extendían desde Borneo hasta Bougainville, en las que participaron más tropas australianas que en cualquier otro momento. En la guerra. La primera de estas campañas se libró en Bougainville y Nueva Bretaña, y en Aitape, Nueva Guinea. La serie final de campañas se libró en Borneo en 1945. Lo necesarias que fueron estas campañas finales para la victoria aliada sigue siendo tema de debate continuo. Las tropas australianas todavía estaban luchando en Borneo cuando la guerra terminó en agosto de 1945.

Si bien el mayor esfuerzo de Australia desde 1942 en adelante se dirigió a derrotar a Japón, miles de australianos continuaron sirviendo con la RAAF en Europa y Medio Oriente. Athough more Australian airmen fought against the Japanese, losses among those flying against Germany were far higher. Australians were particularly prominent in Bomber Command's offensive against occupied Europe. Some 3,500 Australians were killed in this campaign, making it the costliest of the war.

Over 30,000 Australian servicemen were taken prisoner in the Second World War and 39,000 gave their lives. Two-thirds of those taken prisoner were captured by the Japanese during their advance through south-east Asia in the first weeks of 1942. While those who became prisoners of the Germans had a strong chance of returning home at the end of the war, 36 per cent of prisoners of the Japanese died in captivity.

Singapore Straits Settlements, 19 September 1945: members of 2/18th Australian Infantry Battalion, prisoners of war of the Japanese, in Changi prison.

Nurses had gone overseas with the AIF in 1940. However, during the early years of the war women were generally unable to make a significant contribution to the war effort in any official capacity. Labour shortages forced the government to allow women to take a more active role in war work and, in February 1941, the RAAF received cabinet approval to establish the Women's Auxiliary Australian Air Force (WAAAF). At the same time, the navy also began employing female telegraphists, a breakthrough that eventually led to the establishment of the Women's Royal Australian Naval Service (WRANS) in 1942. The Australian Women's Army Service (AWAS) was established in October 1941, with the aim of releasing men from certain military duties in base units in Australia for assignment with fighting units overseas. Outside the armed services, the Women's Land Army (WLA) was established to encourage women to work in rural industries. Other women in urban areas took up employment in industries, such as munitions production.


The Treachery of the Unions in the Second World War

The defence of the nation must always be high among the core responsibilities of a federal government. When we were at war and under the threat of invasion in the Second World War, the defence of the realm was obviously the government’s paramount duty. En Australia’s Secret War: How Unionists Sabotaged Our Troops in World War II, Hal Colebatch reveals what was no doubt obvious to those brave Australian servicemen who were most affected: there were in Australia, from 1939 until 1945, powerful forces undermining our war effort.

The servicemen would also have been well aware that the Curtin government hardly provided the heroic leadership for which it is now so lavishly praised. (However, it is important to add that Curtin, although naive, was essentially a good and indeed noble man. He suffered terribly because of his inability to act to protect the armed forces in a way that Churchill, Roosevelt or indeed Menzies would have.) Supported by overwhelming evidence, Colebatch’s book demonstrates that the Curtin government failed to protect our soldiers, sailors and airmen from the traitors who inflicted enormous damage on them.

Strong and early action—a few examples of firmness, the use of martial law—would have stopped this insidious campaign. And it would have undoubtedly had the overwhelming support of the Australian people. But the Curtin government was too weak to prevent the injury, capture and death of significant numbers of servicemen—the direct consequences of this treachery.

The traitors went almost totally unpunished. They were able to maintain their anonymity within their union, and after the war, to profit from the peace which they had so diligently tried to thwart.

So why then is the Curtin government usually portrayed as if it were the Antipodean equivalent of Churchill’s? Why has the academy refused to let in daylight on this dark side of our wartime government? Only the academy can answer. They certainly have some explaining to do.

But more importantly, how can we ensure that in future hostilities, this serious breach of duty will not be repeated by some future government as weak and as fundamentally divided as Curtin’s was? What is essential now is for the Abbott government to appoint an inquiry to find the facts and to report on those measures which should be taken in any conflict in the future to ensure that our defences are not again seriously impaired as they were by government weakness and inaction during the Second World War. The government owes this not only to those who fought and died in the Second World War, but also to present and future generations who have reasonable expectations that a government will attend to its core duties.

Those who scoff and naively believe that peace is inevitable should remember that there can be no possible guarantee that this country will never again be threatened with invasion or that there will never again be enemy action on our territory. Federal governments must always be ready for this eventuality.

Unlike Britain, Australia was not governed during the war by a national government, a broad coalition of parties. Menzies proposed such a grand coalition both when he was in power early in the war and later when he was in opposition, but Labor always refused. When RSL leaders also called for a coalition, Labor’s left-wing leader Eddie Ward dismissed these men, who had served and fought for Australia, as “fifth columnists”.

To understand Ward’s extreme ideological position, Hal Colebatch reminds us that the historian Ross Fitzgerald concluded that Ward had actually coined the pejorative epithet, “five-bob-a-day murderers”. This term of abuse was used by waterside workers and others to jeer at Australian soldiers, especially in the earlier part of the war—that is, before Hitler invaded the territory of his former ally and their principal, the Soviet Union.

Hal Colebatch’s book raises many questions and offers possible answers. One is why such a grand coalition, clearly in the national interest, was so vehemently rejected by the Labor Party. The answer is obvious, and Hal Colebatch’s compendium of evidence corroborates this. This was because the left wing knew that Menzies and the United Australia Party would have not long tolerated the treachery that the waterside workers and others had initiated and maintained against our servicemen. As a coalition partner, Menzies would have put steel into the heart of the government. But that was never to be.

¿Por qué? It seems likely that Curtin remained extremely conscious of the First World War split in the Labor Party over conscription, which led to the Labor leader W.M. Hughes crossing the floor. Curtin did not wish to see a repeat, with the Left walking out of the party and the Right joining Menzies. A harsh conclusion cannot be avoided: Curtin placed greater value on maintaining the facade of unity in the Labor Party than in properly protecting our armed forces and nurses from treachery at home.

Little discussed today, and probably not touched on at all in the national curriculum, is the fact that communists and their left-wing allies in the Labor Party controlled crucial parts of the trade union movement. By the end of the Second World War communist elements constituted a majority on the Australian Council of Trade Unions, despite the fact that, as in other Anglosphere countries, the communists never had any significant electoral presence. The communists and their allies achieved their dominance of the unions through the rigging of elections and through the strong-arm tactics which they used to rule the unfortunate countries which fell under their sway. This hold was eventually broken in the 1950s by the Catholic-inspired anti-communist industrial groups movement led by B.A. Santamaria.

During and after the war, the Australian communists acted as the puppets of the Soviet Union led by the megalomaniac dictator Joseph Stalin. They were prepared to use their power in the unions to further Soviet foreign policy, knowing they could rely on the protection of the Labor Left both in parliament and in the government. Stalin and his communists were in many ways similar to Hitler and the Nazis. Above all, both were violently opposed to democracy. In the infamous 1939 MolotovRibbentrop Pact they formed an alliance which involved secret protocols in relation to their illicit ambitions in Romania, Poland, Lithuania, Latvia, Estonia and Finland.

Stalin even tried to become the fourth member of the Axis with Germany, Italy and Japan, seeking to push their position in Turkey and down into India against the British. But Hitler had other plans. When Stalin was warned by the British that Hitler was planning to betray him, Stalin did not believe it and purged and liquidated anyone he suspected of holding similar fears and suspicions, including the high command of the Red Army. Hitler moved against the USSR in 1941, seizing most of Eastern Europe including lands formerly controlled by Stalian.

All this is crucial to an understanding of Australian politics and why the Curtin government failed to stop the secret war waged by traitors against our armed forces.

Both the rapprochement between Moscow and Berlin, and Hitler’s betrayal of Stalin, had immediate domestic effect in Australia. The Left reversed its opposition to the war with Nazi Germany. But what is often overlooked is that Stalin remained neutral in the war against Japanese aggression until a few days before the Japanese surrendered, invading Manchukuo, China, Inner Mongolia, Korea and certain Japanese islands, incorporating some of these into the USSR, setting up puppet states, or as in the case of China, giving arms and support to the local communist movement. Until then, Moscow seldom instructed its agents to get behind the Allied war effort in the Pacific, except on one memorable occasion reported in this book.

So the neutrality of the Soviets towards Japan may well explain the ambivalent attitude of the communist-controlled unions to the war against Japan. In any event, the fact that Japan had attacked Australian territory and treated Australian POWs with appalling brutality did not to stop the communist unions from undermining the war effort or Eddie Ward’s Left faction in the Labor caucus continuing to protect them and vehemently opposing the deployment of conscripts beyond our borders.

The absence of the conservatives in a national government did not mean that the Labor government was united. The Curtin government was an uneasy coalition between those who, like Curtin, genuinely wanted to win the war, and a powerful left wing intent on undermining that effort. The left wing was close to the Communist Party and probably contained some communists, although this was formally forbidden. The communists were little interested in the success of Australian military operations or indeed those of the United States, at least in the Pacific. Their agenda was to maintain and increase their political and trade union power in Australia. They seemed to believe that by extracting the maximum advantage for waterside workers, miners and others in protected industries, they would further that agenda. This powerful left-wing faction made Curtin’s life hell. He was reported to have been sometimes so upset that he left the caucus in tears. Curtin’s successor, Ben Chifley, blamed Curtin’s premature death in 1945 on Eddie Ward and, unsurprisingly, the strikers.

Curtin’s close friend, West Australian Labor Premier Philip Collier, later confirmed that Curtin was shocked and hurt by the unions. Curtin said: “Don’t they know the nation is fighting for its life? They don’t give a damn!” “They hurt him very much,” Collier said, “nearly worked him into his grave … They broke his heart, the strikers. And some of the men inside the party. Some of his own men.”

What was this fifth column doing? For the first time, Hal Colebatch reveals in great detail that between 1939 and 1945 nearly every major Australian warship was targeted by strikes, go-slows, sabotage and pillage.

After experiencing the treachery of waterside workers at Townsville, one trooper declared that “waterside workers were responsible for more hardships, shortages and deaths than the Japs”. He slammed them as “gutless traitors”, an assessment which was common among those who went off to war to defend the nation.

This treachery was not limited to the wharves. There were well over one million days lost in coal-mining strikes in 1940, which had a disastrous impact on electricity supplies. When the Soviet Union was invaded, the communists changed sides, declaring the war now to be a patriotic one. But there was still an extraordinary number of strikes in 1942, coinciding with the greatest threat of a Japanese invasion.

Milne Bay in Papua New Guinea was a crucial 1942 battle. As the Americans and Australians were attempting to move urgently-required equipment to the troops, the Sydney waterfront went on strike. When the industrial commission ordered everybody back to work, they laughed. They refused to comply even when the prime minister pleaded with them and reminded them that the Japanese were not far from Milne Bay. They went back only when the Soviet embassy intervened.

In the meantime, waterside workers at Townsville did what waterside workers were doing everywhere across the nation—using their position to claim extra money, allegedly because of the dangers involved in loading live ammunition or for some similar reason. When an American officer said he would load the ships with his own men and also, for good measure, throw the waterside workers into the harbour, work reluctantly recommenced. But the waterside workers were to have their revenge. When the troops arrived in New Guinea they found that all the accumulators on their radios had been stolen. How many soldiers died as a result of this treachery?

Not only did they steal food and beer meant for the troops, in Townsville they even raided the Comfort Funds boxes, small amounts of money from people who had saved their pennies for months. They left the accompanying notes from mothers and children for the soldiers to contemplate.

The soldiers could not help but notice that the waterside workers were paid at more than double the rate of the soldiers. Nor did they fail to notice that when the soldiers themselves loaded a ship, they did it far more efficiently than the waterside workers.

Pilfering was a way of life on the wharves, and the attitude of the waterside workers was that the war was not going to stop this practice. When the Americans inspected watersiders’ bags in Brisbane, they recovered a large number of cigarettes intended for the American troops. A strike followed, but the Americans would not agree to abandon the inspections. The waterside workers were eventually persuaded to go back to work.

As a vicious act of revenge, the wharfies wrecked four P-38 fighter planes. They just attached the lifting cranes to the planes without unbolting the planes from the decks. When the cranes lifted the planes, they were torn to pieces. Had martial law prevailed on the wharf, the wharfies would have received short shrift.

In another retaliatory incident in Adelaide, they were unloading Allison Aero Engines, letting the cargo drop on the concrete wall, which of course damaged the engines. Told to stop, the wharfies took no notice. The Americans fired a few bursts from their submachine guns, which quietened the wharfies for a while. Subsequently the Americans dropped stun grenades into the holds to quieten them.

When a radar station was being set up at Green Island near New Britain, it was found that all the valves for the radar sets had been stolen by waterside workers in Townsville. The radio station could not go on air as scheduled, just when a violent tropical storm caught a force of American dive bombers flying back from a raid on the Japanese base at Rabaul. The storm affected the aircraft’s compasses and they could not find their bearings. Sixteen of the eighteen aircraft were lost, with all thirty-two men on board. The view of the airmen at the location was that had the radar been available, the doomed aircraft could probably have been directed back to base.

In the meantime, strikes on the Darwin waterfront had become so frequent that the Americans demanded that soldiers load the ships. The government refused. Its policy was not to allow servicemen to be used until all local labour had been absorbed. It should have declared martial law and ordered the waterside workers to do their duty. The result of this dereliction of duty by the government meant that the port of Darwin was filled with ships waiting to be loaded when the Japanese attacked. There is no doubt that the communist waterside workers there can be held directly responsible for the scale of the resultant carnage when the Japanese bombed the city.

Colebatch’s book is replete with evidence of similar crimes which were left not only unpunished but unprosecuted. But his book is not only the history of the criminal campaign that ran the length of the war. The book also relates how this campaign was preceded by another serious dereliction of duty by the federal government. To an extent, this has been echoed by the actions of the Gillard and Rudd governments, in allowing the proportion of the GDP spent on defence to fall to levels not known since before the Second World War.

During the first half of the 1930s defence expenditure fell to less than 1 per cent of the national income, which was itself significantly reduced by the Depression. As Colebatch notes, the mood in the Labor Party was for disarmament, with an unrealistic reliance on international treaties and the League of Nations. They even closed the military and naval colleges at Duntroon and Jervis Bay. A number of warships, including a flotilla of “S”-class destroyers, were taken out to sea and sunk along with other ships. A gift of ships from the British government was rejected.

Both parties breathed a sigh of relief when Chamberlain announced the Munich agreement to appease Hitler, although the Left has rather successfully claimed that only Menzies was comforted. When it became obvious that Hitler would not be stopped, Menzies was the first to react with strength, risking his future political career. In early 1939 he resigned as Attorney-General in the Lyons government, in part because of the refusal of the government to introduce conscription to strengthen home defence. Lyons died shortly afterwards and Menzies succeeded him as prime minister a few months before the declaration of war.

Even with all the resources of the nation under its control a government can still fail in its duty to defend the nation. The only possible conclusion from this book is that the wartime Curtin government failed adequately to protect those who volunteered and even those they had conscripted to fight for and at times to die for their country. What is extraordinary is that until this book, there has been no serious attempt to publish the true story of this evil campaign against our armed forces.

These events are unique to Australia. Of those democracies who fought from the beginning to the end of the Second World War—almost all from the British Empire—there is no other example of such a long campaign of treachery and of its toleration by the government. Nor is this true of the United States which, although it came later into the war, was to become the leader of the West.

In writing this book Hal Colebatch has performed a singular service not only to honour the memory of those Australians who fought in the Second World War, but as a warning to this and future generations to ensure that governments pay attention to and fulfil their primary duty to the nation: defending Australia and protecting its soldiers, sailors, airmen and nurses from both foreign and domestic enemies.

David Flint is the author with Jai Martinkovits of Give Us Back Our Country (Connor Court, 2013).


The American Family in World War II

With war comes devastation, depression, deprivation and death. World War II was uppermost in U.S. history with costs exceeding $350 billion and more than 292,000 American servicemen killed in action. The families on the home front were profoundly affected. An immediate political, psychological and economic shift took place following the Pearl Harbor Attack in 1941, because the United States found itself unprepared. The onset of war necessitated numerous adjustments while American forces were fighting overseas or training in U.S. military camps, families also were fully engaged in the war effort. The American home front geared up for an all-out effort to rush into war production, and American society experienced dramatic changes. The first major impact was felt with labor shortages when the men went off to war. More and more women now entered the work force. Once reserved for men, women now took up jobs in industry, and Rosie the Riveter became a popular icon in America. Widening their horizons, many women were now working full time and yet were still trying to maintain their home life. Attracted by waiting jobs, the number of high school dropouts increased significantly, resulting in the teenage work force swelling from one million to three million youngsters. In the meantime, federal inspectors ignored laws that regulated the employment of children. Although the war had opened up new opportunities, it also brought much sadness and a far more serious reality regarding life in its normal state. Separation from fathers or sons left devastating effects, and in a sense, many felt robbed of their childhood. With the family shifting roles, each member was initially shocked and filled with mixed emotions. With added stresses it was an emotional time, to say the least — the American family would undoubtedly be changed forever. While adjusting to sacrifices, there was an added excitement about the war and uncertain fear of the consequences as well. The war brought vast changes: While there was an increase in marriages, job opportunities, and patriotism there was also a definite decline in morale among some Americans. Despite the increase in rising wages, poverty increased and some families were forced to move in search of work. Some 20 million people existed on the border of starvation as families faced a severe shortage of housing, lack of schools, hospitals and child-care facilities. Those factors contributed to an upsurge in divorce, resulting in severe problems among the young. There were five million "war widows" trying to care for their children alone. Women employed outside the home left tens of thousands of "latchkey" children who were unsupervised much of the day. The rates of juvenile delinquency, venereal disease and truancy rose dramatically. The impact on the family was evident, attended by much anxiety about the breakdown of social values. The war also aggravated systemic racism. On the West Coast there was actual hysteria when the war broke out. Thousands of Americans of Japanese descent were relocated and interned in camps. As for African Americans, they were usually "the last to be hired and the first to be fired." Low wages were the rule and even though they were accepted into the armed forces, they were assigned menial jobs. Discrimination continued its divisive role in society during that era. With 25 percent of the American workers earning less than 64 cents per hour while skilled workers earned an average of $7 per hour, there was a definite division of rich versus poor citizens. Poverty increased as the federal deficit escalated. By 1945, longer working days were implemented, which inflicted more hardships on families — with women comprising 36 percent of the nation's work force. The federal government encouraged Americans to conserve and recycle numerous items, so that factories could use them for wartime production materials. Getting their first taste of recycling, Americans were encouraged to salvage their tin cans, bottles, rubber items, paper, scrap metal, and even fats left over from cooking. The government conducted "salvage drives" throughout the country to aid the war effort. Food rationing was the rallying cry on the American home front. The Office of Price Administration (OPA) was set up to determine rationing regulations. With the military as top priority, American families began to feel the pinch. There were now such substitute foods as dried powdered eggs and liquid paraffin instead of cooking oil. For those who violated the rationing rules, the punishment was strict. "Victory Gardens" were started as the government encouraged Americans to grow their own food. Statewide competitions were conducted and winning recipes published to optimize use of home-grown vegetables. That endeavor was successful, and at one point during the war, 50 percent of the the nation's vegetables were grown in victory gardens. Although the nation’s farm population declined 17 percent during the war, modern farm machinery, good weather, and improved fertilizers actually increased agricultural production. The sale of war bonds and war stamps also helped the United States to stage a rapid economic recovery. Unfortunately, only about one third of the American people could afford to contribute to the cause. Changes were felt all the way to the top. As the federal government continued to cut funding for many social programs, many idealists left their government positions. War necessities directly influenced American fashion. The War Production Board (WPB) became the nation’s premier clothing consultant in the spring of 1942. They influenced the appearance of civilian apparel by dictating the conservation of cloth and metal, changing the very style — especially women’s garments. Dependence on fewer materials led to the two-piece bathing suit. Nieman Marcus called them "patriotic chic." Taxes skyrocketed. It was not possible to purchase a car because none were being produced. To obtain a telephone, one had to be in a critical occupation of the war effort — and yet the U.S. standard of living actually rose during those years! The country had pulled out of an awesome economic depression thanks to greatly expanded war production. The end of the war revealed pent-up demand. Prices skyrocketed with the removal of Price Controls, but women stayed on the job to buy items needed for the family. The American Dream now became a reality as families found it possible to buy a home, a car, a washing machine, and to give their children everything they had been deprived of for so long. As a result of the war, the nation had become more urbanized because 1.5 million Americans had moved from rural areas into the cities. Women’s labor force participation continued to increase after the war and has been rising ever since. The vast changes in wartime society and domestic adjustments are evident even today. The Americans who survived the devastating effects of World War II hold deeply embedded memories. Fortunately, they were willing to share them.


Operation Barbarossa

In June 1941, the German army launched an invasion of the Soviet Union, opening the largest land theater of war in history and trapping most of the Axis’ military forces in a war of attrition.

Objetivos de aprendizaje

Analyze the significance of Hitler’s decision to invade the Soviet Union

Conclusiones clave

Puntos clave

  • Operation Barbarossa was the code name for Nazi Germany’s World War II invasion of the Soviet Union, which began on June 22, 1941.
  • The operation was driven by Adolf Hitler ‘s ideological desire to destroy the Soviet Union as outlined in his 1925 manifesto MI lucha, which characterized Eastern Europeans as “sub-humans.”
  • The Germans won resounding victories and occupied some of the most important economic areas of the Soviet Union, mainly in Ukraine, both inflicting and sustaining heavy casualties.
  • Despite their successes, the German offensive stalled on the outskirts of Moscow and was subsequently pushed back by a Soviet counteroffensive, bolstered by the fact that the German army was unprepared for the harsh Soviet winter.
  • The failure of Operation Barbarossa was a turning point in the fortunes of the Third Reich, including opening up the Eastern Front, to which more forces were committed than in any other theater of war in world history, and transforming the perception of the Soviet Union from aggressor to victim.

Términos clave

  • Weltanschauungen: A particular philosophy or view of life the worldview of an individual or group.
  • MI lucha: An autobiography by the National Socialist leader Adolf Hitler, in which he outlines his political ideology and future plans for Germany German for “my struggle.”
  • Einsatzgruppen: Paramilitary death squads of Nazi Germany that were responsible for mass killings, primarily by shooting, during World War II.

Operation Barbarossa was the code name for Nazi Germany’s World War II invasion of the Soviet Union, which began on June 22, 1941. The operation was driven by Adolf Hitler’s ideological desire to destroy the Soviet Union as outlined in his 1925 manifesto MI lucha.

Setting the Stage for the Invasion

In the two years leading up to the invasion, the two countries signed political and economic pacts for strategic purposes. Nevertheless, on December 18, 1940, Hitler authorized an invasion of the Soviet Union with a planned start date of May 15, 1941. The actual invasion began on June 22, 1941. Over the course of the operation, about four million Axis soldiers invaded the Soviet Union along a 1,800-mile front, the largest invasion force in the history of warfare. In addition to troops, the Germans employed some 600,000 motor vehicles and between 600,000 and 700,000 horses. It transformed the perception of the Soviet Union from aggressor to victim and marked the beginning of the rapid escalation of the war, both geographically and in the formation of the Allied coalition.

The Germans won resounding victories and occupied some of the most important economic areas of the Soviet Union, mainly in Ukraine, both inflicting and sustaining heavy casualties. Despite their successes, the German offensive stalled on the outskirts of Moscow and was subsequently pushed back by a Soviet counteroffensive. The Red Army repelled the Wehrmacht ‘s strongest blows and forced the unprepared Germany into a war of attrition. The Germans would never again mount a simultaneous offensive along the entire strategic Soviet-Axis front. The failure of the operation drove Hitler to demand further operations inside the USSR of increasingly limited scope that eventually failed, such as Case Blue and Operation Citadel.

The failure of Operation Barbarossa was a turning point in the fortunes of the Third Reich. Most importantly, the operation opened up the Eastern Front, to which more forces were committed than in any other theater of war in world history. The Eastern Front became the site of some of the largest battles, most horrific atrocities, and highest casualties for Soviets and Germans alike, all of which influenced the course of both World War II and the subsequent history of the 20th century. The German forces captured millions of Soviet prisoners of war who were not granted protections stipulated in the Geneva Conventions. A majority m never returned alive Germany deliberately starved the prisoners to death as part of a “Hunger Plan” that aimed to reduce the population of Eastern Europe and then re-populate it with ethnic Germans. Over a million Soviet Jews were murdered by Einsatzgruppen death squads and gassing as part of the Holocaust.

Motivations for Invading USSR

As early as 1925, Adolf Hitler vaguely declared in his political manifesto and autobiography MI lucha that he would invade the Soviet Union, asserting that the German people needed to secure Lebensraum (“living space”) to ensure the survival of Germany for generations to come. On February 10, 1939, Hitler told his army commanders that the next war would be “purely a war of Weltanschauungen…totally a people’s war, a racial war.” On November 23, once World War II already started, Hitler declared that “racial war has broken out and this war shall determine who shall govern Europe, and with it, the world.” The racial policy of Nazi Germany viewed the Soviet Union (and all of Eastern Europe) as populated by non-Aryan Untermenschen (“sub-humans”), ruled by “Jewish Bolshevik conspirators.” Hitler claimed in MI lucha that Germany’s destiny was to “turn to the East” as it did “six hundred years ago.” Accordingly, it was stated Nazi policy to kill, deport, or enslave the majority of Russian and other Slavic populations and repopulate the land with Germanic peoples, under the Plan general Ost (“General Plan for the East”). The Germans’ belief in their ethnic superiority is discernible in official German records and by pseudoscientific articles in German periodicals at the time, which covered topics such as “how to deal with alien populations.”

Overview of the Battles

The initial momentum of the German ground and air attack completely destroyed the Soviet organizational command and control within the first few hours, paralyzing every level of command from the infantry platoon to the Soviet High Command in Moscow. Therefore, Moscow failed to grasp the magnitude of the catastrophe that confronted the Soviet forces in the border area. Marshal Semyon Timoshenko called for a general counteroffensive on the entire front “without any regards for borders” that both men hoped would sweep the enemy from Soviet territory. Timoshenko’s order was not based on a realistic appraisal of the military situation at hand and resulted in devastating casualties.

Four weeks into the campaign, the Germans realized they had grossly underestimated Soviet strength. The German troops used their initial supplies without attaining the expected strategic freedom of movement. Operations were slowed to allow for resupply and adapt strategy to the new situation. Hitler had lost faith in battles of encirclement as large numbers of Soviet soldiers had escaped the pincers. He now believed he could defeat the Soviets by economic damage, depriving them of the industrial capacity to continue the war. That meant seizing the industrial center of Kharkov, the Donbass, and the oil fields of the Caucasus in the south and the speedy capture of Leningrad, a major center of military production, in the north.

After a German victory in Kiev, the Red Army no longer outnumbered the Germans and no more trained reserves were available. To defend Moscow, Stalin could field 800,000 men in 83 divisions, but no more than 25 divisions were fully effective. Operation Typhoon, the drive to Moscow, began on October 2. The Germans initially won several important battles, and the German government now publicly predicted the imminent capture of Moscow and convinced foreign correspondents of a pending Soviet collapse. On December 2, the German army advanced to within 15 miles of Moscow and could see the spires of the Kremlin, but by then the first blizzards had already begun. A reconnaissance battalion also managed to reach the town of Khimki, about 5 miles away from the Soviet capital. It captured the bridge over the Moscow-Volga Canal as well as the railway station, which marked the farthest eastern advance of German forces. But in spite of the progress made, the Wehrmacht was not equipped for winter warfare, and the bitter cold caused severe problems for their guns and equipment. Further, weather conditions grounded the Luftwaffe from conducting large-scale operations. Newly created Soviet units near Moscow now numbered over 500,000 men, and on December 5, they launched a massive counterattack as part of the Battle of Moscow that pushed the Germans back over 200 miles. By late December 1941, the Germans had lost the Battle for Moscow, and the invasion had cost the German army over 830,000 casualties in killed, wounded, captured, or missing in action.

Significado

Operation Barbarossa was the largest military operation in human history—more men, tanks, guns, and aircraft were committed than had ever been deployed before in a single offensive. Seventy-five percent of the entire German military participated. The invasion opened up the Eastern Front of World War II, the largest theater of war during that conflict, which witnessed titanic clashes of unprecedented violence and destruction for four years that resulted in the deaths of more than 26 million people. More people died fighting on the Eastern Front than in all other fighting across the globe during World War II. Damage to both the economy and landscape was enormous for the Soviets as approximately 1,710 towns and 70,000 villages were completely annihilated.

More than just ushering in untold death and devastation, Operation Barbarossa and the subsequent German failure to achieve their objectives changed the political landscape of Europe, dividing it into eastern and western blocs. The gaping political vacuum left in the eastern half of the continent was filled by the USSR when Stalin secured his territorial prizes of 1939–40 and firmly placed his Red Army in Bulgaria, Romania, Hungary, Poland, Czechoslovakia, and the eastern half of Germany. As a consequence, eastern Europe became Communist in political disposition and western Europe fell under the democratic sway of the United States, a nation uncertain about its future policies in Europe. Instead of profiting the German people, Operation Barbarossa’s failure instigated untold suffering when an estimated 1.4 million ethnic Germans died as a result of their forced flight from the East to the West, whether during the German retreat or later following the surrender.

Operación Barbarroja: Clockwise from top left: German soldiers advance through Northern Russia, German flamethrower team in the Soviet Union, Soviet planes flying over German positions near Moscow, Soviet prisoners of war on the way to German prison camps, Soviet soldiers fire at German positions.


What contribution did the Canadian Navy make to the Allied war effort in World War 2?

The Canadian navy made many contributions to the battle of the Atlantic. Canada's navy had an enormous effect on the success of Operation Overlord (D-Day). They bombarded Hitler's Atlantic wall for hours before the landings, helping pave the way for the liberation of Europe.

Early on, the Royal Canadian Navy (RCN) was a small-scale force, made up of Corvettes, Patrol boats and Destroyers. Their main job was escorting ship convoys across the Atlantic Ocean to Britain. The navy and the convoys would be constantly pestered by the German U-Boats, something which would come to be known as The Battle of the Atlantic. It was both the longest, and arguably the most important battle of World War II. Had the Germans succeeded in destroying the allied shipping, the British would have been starved into submission from lack of supplies.

At the beginning of the war the RCN had only six ships and about 3,000 sailors, but by the end of the war it was the third largest navy in the world, with over 400 ships and 125,000 men. The RCN sank the largest number of U boats in the Atlantic and was the best antisubmarine group in the world.

However, the Royal Canadian Navy's operations aren't limited only to the battle of the Atlantic. Canadian ships were also present in the pacific theater of war, contributing greatly to the joint US-Canadian effort to secure the Aleutian Islands and by extension the Western seaboard of the North American continent. The RCN was involved in the Mediterranean as well, being a major participant in the invasions of Sicily and Italy.


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